Anuario de Psicología Jurídica Anuario de Psicología Jurídica
Anuario de Psicología Jurídica 26 (2016) 30-40 - Vol. 26 Núm.1 DOI: 10.1016/j.apj.2016.04.007
Evaluación del interés sexual hacia menores
Assessment of sexual interest towards children
Óscar Herreroa,, , Laura Negredob
a Centro Penitenciario de Cáceres, España
b Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, España
Recibido 27 enero 2016, Aceptado 13 abril 2016
Resumen

El interés sexual hacia menores ofrece numerosas dificultades para su evaluación, principalmente, la motivación para ocultarlo en contextos forenses. Su asociación con la reincidencia en delitos sexuales y su utilidad como medida del éxito terapéutico han impulsado el desarrollo de distintas técnicas de evaluación. En este artículo se revisan los autoinformes, la pletismografía peneana y varias medidas cognitivas basadas en la latencia de respuesta. Aunque todas las técnicas presentan limitaciones en cuanto a su manipulación y a su capacidad discriminativa, las baterías multimétodo parecen ofrecer la mejor alternativa y son una vía de investigación futura.

Abstract

Sexual interest in children involves many difficulties for a reliable assessment, mainly dissimulation in forensic contexts. The association of deviant sexual interest with sexual reoffending and its usefulness as an index of therapeutic success have encouraged the development of several assessment techniques. This article includes a review of self-report instruments, penis pletismography, and latency-based measures. Although all techniques show limitations regarding manipulation and discriminative power, multi-method batteries appear to be the most reliable and comprehensive assessment alternative, as well as a relevant line of future research.

Palabras clave
Pedofilia, Evaluación, Abuso sexual, Falometría
Keywords
Pedophilia, Assessment, Sexual abuse, Phalometric assessment

El interés sexual hacia menores por parte de adultos es un fenómeno inquietante que despierta una lógica preocupación social. El DSM5 define la pedofilia como una excitación intensa y recurrente derivada de fantasías, deseos sexuales irrefrenables o comportamientos que implican la actividad sexual con uno o más niños prepúberes, con una duración de al menos seis meses (APA, 2014). Este trastorno tiene una prevalencia estimada de entre el 4% y el 10% en muestras comunitarias (Ahlers et al., 2011; Beier et al., 2009). Sin embargo, la presencia del interés sexual en menores no implica necesariamente que se produzca abuso sexual ni que todas las personas que abusan de un menor puedan ser diagnosticados de pedofilia. La prevalencia del diagnóstico de pedofilia en muestras de abusadores de menores es de aproximadamente del 50% (Maletzky y Steinhauser, 2002; Seto y Lalumière, 2001). En usuarios de pornografía infantil este porcentaje se eleva a un 60% (Seto, Cantor y Blanchard, 2006). El 50% restante que comete un delito relacionado con el abuso de menores o la pornografía infantil responde a motivaciones distintas, derivadas de un nivel elevado de rasgos antisociales, desinhibición, u oportunismo (Seto, 2008, 2013). Otro término que se utiliza de forma habitual en este contexto es el de pederastia. Su significado engloba tanto el interés sexual hacia menores como la comisión de un abuso real. Quizás sea esta cierta indefinición la que provoque que su uso sea frecuentemente más coloquial o periodístico que académico y que las publicaciones científicas hagan referencia de forma común a la pedofilia o al abuso sexual.

Las distintas teorías acerca del abuso de menores resaltan su naturaleza multifactorial (Ward, Polaschek y Beech, 2006). Seto (2008) resume los distintos factores explicativos recogidos en las principales teorías, entre otros la incompetencia social, las dificultades de regulación emocional, las creencias acerca de los menores, la desinhibición, el apego inadecuado, la historia de abuso sexual en la infancia y la pedofilia. Por lo tanto, la presencia de un interés sexual estable hacia los menores es solo uno de los factores a considerar en la explicación de los delitos de abuso.

Aun así, este factor resulta relevante para los profesionales por varios motivos. Por una parte, existe evidencia de que la presencia de un interés sexual desviado es uno de los principales factores predictores de reincidencia en delitos sexuales (Hanson y Morton-Bourgon, 2005). Por otra parte, el interés sexual es una variable personal a la que resulta difícil acceder mediante las técnicas de evaluación clínica disponibles para los profesionales, especialmente si el evaluado está motivado para ocultarla, como es común en contextos forenses (Schmidt, 2013). Kalmus y Beech (2005) revisaron las técnicas disponibles para la evaluación forense del interés sexual. Los autores señalaban que los autoinformes presentaban una capacidad discriminativa entre moderada y baja y a la vez eran poco resistentes a la manipulación. Otras técnicas basadas en la respuesta psicofisiológica o en procesos cognitivos permitían una mayor fiabilidad.

El objetivo de este artículo es revisar los instrumentos disponibles actualmente para la evaluación del interés sexual hacia menores. La relevancia de evaluar adecuadamente esta variable, unida a su indudable dificultad técnica, hacen necesario que los profesionales implicados en los campos forense y penitenciario conozcan las distintas posibilidades existentes, así como sus fortalezas y limitaciones. Esta revisión incluye autoinformes, medidas psicofisiológicas y medidas basadas en el tiempo de respuesta.

Autoinformes

Las medidas de autoinforme para evaluar a abusadores de menores y consumidores de pornografía infantil se han centrado fundamentalmente en el análisis de las creencias, actitudes y distorsiones cognitivas que apoyan el contacto sexual con niños. En los años 80 y 90 se diseñaron escalas relevantes para analizar a abusadores de menores, como la Escala de Cogniciones de Abel y Becker (Abel and Becker's Cognitions Scale, ABCS; Abel, Becker y Cunningham-Rathner, 1984), el Cuestionario de Cogniciones sobre Niños y Sexo (Children and Sex Cognitions Questionnaire; Beckett, 1987), el Cuestionario de Actitudes Sexuales de Hanson (Hanson Sex Attitude Questionnaire; Hanson, Gizzarelli y Scott, 1994) y la escala MOLEST (Bumby, 1996).

Para el análisis de los usuarios de pornografía infantil, en un primer lugar se utilizaron las escalas ya existentes para abusadores de menores, si bien estos instrumentos no parecían ser adecuados dado que asumían que la persona evaluada había cometido abusos sexuales. En un segundo momento, los investigadores utilizaron estos test para seleccionar ítems que pudieran ser también aplicados a los usuarios de pornografía infantil y crear instrumentos nuevos. Esta metodología se utilizó para diseñar el Inventario de Actividades Relacionadas con Niños y Sexo (Children and Sexual Activities Inventory, C&SA; Howitt y Sheldon, 2007) y el Cuestionario de Actitudes y Comportamientos Relacionados con Internet (Internet Behaviours and Attitudes Questionnaire, IBAQ; O’Brien y Webster, 2007).

Bajo la premisa de que los consumidores de pornografía infantil pueden presentar distorsiones cognitivas diferentes a las de los abusadores de menores, una nueva corriente de investigación propone crear instrumentos completamente nuevos, es decir, no basados en instrumentos anteriores, para evaluar a esta población (Merdian, Curtis, Thakker, Wilson y Boer, 2014). En esta línea de trabajo se encuentra la Escala Creencias sobre Niños, Internet y Sexo (Children Internet and Sex Cognitions, CSIC; Kettleborough y Merdian, 2015).

Un modelo teórico importante en la elaboración de algunos de los instrumentos referidos es el Modelo de las Cinco Teorías Implícitas, de Ward y Keenan (1999), el cual sugiere que las distorsiones cognitivas presentes en los agresores sexuales emergen de cinco esquemas específicos o teorías implícitas sobre la naturaleza de sus víctimas, el mundo y ellos mismos: los niños como objetos sexuales (los niños son seres sexuales, motivados por la obtención de placer), el derecho de los adultos respecto a los niños (los adultos son más importantes que los niños, por lo que pueden utilizar el derecho a tener sexo con ellos siempre que quieran), el mundo como un sitio peligroso (los niños son el único compañero sexual seguro ante un mundo que se percibe como peligroso), la falta de control (no se puede controlar el comportamiento sexual) y la naturaleza del daño (la actividad sexual en sí misma es placentera y no dañina, por lo que las consecuencias negativas que puedan tener en los niños es debido a la reacción social a dicha actividad).

Otros autoinformes que se incluyen en esta revisión evalúan otros aspectos cognitivos relacionados con la conducta delictiva –como el interés sexual por los menores, la tendencia a identificarse con ellos, el interés en abusar sexualmente de menores– y elementos conductuales específicos.

En esta revisión se recogen algunos instrumentos más antiguos que son especialmente relevantes por su extensa utilización tanto en el ámbito clínico como de investigación, así como una selección de los autoinformes más novedosos en la materia. Se resumen en la tabla 1.

Tabla 1.

Instrumentos que evalúan el interés sexual hacia menores

Nombre del Instrumento  Autores  Variable evaluada 
Escala MOLEST  Bumby (1996)  Distorsiones cognitivas en abusadores de menores 
Escala de Identificación con Niños - Revisada
[Child Identification Scale Revised, CIS-R] 
Wilson (1999)  Identificación emocional con niños 
Escala revisada de cribado para intereses pedófilos
[Revised Screening Scale for Pedophilic Interest, SSIP-2] 
Seto y Lalumière (2001); Seto et al. (2015)  Interés sexual hacia menores 
Escala de Sexo con Niños
[Sex With Children Scale, SWCH] 
Mann et al. (2007)  Creencias que justifican el sexo con niños 
Escala de Interés en el Abuso Infantil
[Interest in Child Molestation Scale, ICMS] 
Gannon y O’Connor (2011)  Interés en abuso sexual infantil 
Cuestionario de actitudes y comportamientos relacionados con Internet
[Internet Behaviours and Attitudes Questionnaire, IBAQ] 
O’Brien y Webster (2007)  Actitudes y comportamientos relacionados con la pornografía infantil en Internet 
Inventario de actividades relacionadas con niños y sexo
[Children and Sexual Activities Inventory, C&SA]
 
Howitt y Sheldon (2007)  Distorsiones cognitivas de abusadores de menores y consumidores de pornografía infantil 
Escala de Creencias sobre Niños, Internet y Sexo
[Children Internet and Sex Cognitions; CSIC] 
Kettleborough y Merdian (2015)  Distorsiones cognitivas en consumidores de pornografía infantil 
Escala MOLEST (Bumby, 1996)

La escala MOLEST evalúa la presencia de distorsiones cognitivas en hombres que han abusado sexualmente de niños. Está formada por 38 ítems que se puntúan a través de una escala tipo Likert de 4 puntos, desde totalmente en desacuerdo hasta totalmente de acuerdo. A mayor puntuación, mayor presencia de justificaciones, minimizaciones, racionalizaciones y excusas para la actividad sexual con menores. Bumby (1996) aplicó la prueba a una muestra de 44 hombres condenados por abuso sexual infantil intrafamiliar. La consistencia interna de la prueba fue de un coeficiente alfa de .97. La fiabilidad test-retest en un periodo de dos semanas fue de .84. La validez de constructo y la validez convergente del instrumento fueron demostradas a través de la obtención de mayores puntuaciones de la muestra de abusadores de menores en la escala MOLEST, a la vez que obtenían mayores puntuaciones en la Escala de Cogniciones de Abel y Becker (Abel et al., 1984) y en la sub-escala de Distorsión Cognitiva/Inmadurez del Inventario Multifásico de Sexualidad (MSI; Nichols y Molinder, 1984). Además, la escala MOLEST correlacionaba significativamente con la Escala de Mentira para abusadores de menores del MSI. La validez discriminante se obtuvo de la falta de correlación significativa entre la escala MOLEST y las puntuaciones en la Escala de Deseabilidad Social Marlowe-Crowne (MCSDS; Crowne y Marlowe, 1960). La escala MOLEST, que también fue aplicada a 25 hombres condenados por violación y a 20 internos que no habían cometido delitos sexuales, era capaz de diferenciar a los abusadores de menores intrafamiliares de estos otros dos grupos de delincuentes.

Diferentes estudios han analizado posteriormente de modo amplio la escala MOLEST. Todos ellos muestran una elevada consistencia interna en las muestras utilizadas. La tabla 2 resume los estudios de validación que se han realizado con este instrumento.

Tabla 2.

Estudios de validación con la escala MOLEST

Estudio  Muestra  N  Alfa 
Bumby (1996)-Abusadores de menores  44  .97
-Violadores  25 
-Delincuentes no sexuales (grupo control)  20 
Marshall et al. (2003)-Abusadores de menores  23  .89
-Delincuentes no sexuales  22 
-Voluntarios de la comunidad local (grupo control)  30 
Arkowitz y Vess (2003)-Abusadores de menores  86  .95
-Violadores  40 
Rambow, Elsner, Feelgood y Hoyer (2008)Estudio 1:   
-Abusadores de menores  33  .96 
-Violadores  15  .92 
-Delincuentes violentos no sexuales Estudio 2:  23  .92 
-Pedófilos  18  .95 
-Abusadores de menores no pedófilos  31  .93 
Nunes, Pettersen, Hermann, Looman y Spape (2014)  Meta-análisis
(Bumby, 1996; Marshall et al., 2003; Rambow et al., 2008
  .95 

De manera similar a lo encontrado por Bumby (1996), diferentes estudios concluyen que la prueba MOLEST diferencia entre abusadores de menores y otras muestras poblacionales. Marshall, Marshall, Sachdev y Kruger (2003) encontraron que la escala puede discriminar estadísticamente entre abusadores de menores que han cometido los abusos fuera de la familia (abuso sexual extrafamiliar), una muestra de delincuentes no sexuales y una muestra de población no delincuente. Asimismo, según Arkowitz y Vess (2003) la escala diferencia entre individuos que han cometido abuso sexual extrafamiliar y violadores.

Escala de identificación con niños revisada (Child Identification Scale revised, CIS-R;Wilson, 1999)

Distintos autores han sugerido que los abusadores de menores presentan una tendencia excesiva a identificarse emocionalmente con niños. Finkelhor (2008) considera que el adulto que abusa sexualmente de menores se encuentra emocionalmente más cómodo y seguro en las relaciones con menores que con adultos (Ward et al., 2006). La Escala de Identificación con Niños Revisada (CIS-R) incluye 40 ítems dicotómicos. Se han estudiado sus propiedades psicométricas en una muestra de delincuentes sexuales con menores (Wilson, 1999). Presenta un índice de fiabilidad alfa de .866. Mediante análisis factorial exploratorio se extrajeron ocho factores que los autores etiquetaron como: deseo de empezar de nuevo la vida, inmadurez, tutelaje, aislamiento, disfrute de actividades infantiles, añoranza de la infancia, empatía con los niños e historia de abuso.

Escala revisada de cribado para intereses pedófilos (Revised Screening Scale for Pedophilic Interest, SSPI-2;Seto y Lalumière, 2001; Seto, Stephens Lalumière y Cantor, 2015)

Este instrumento no es propiamente un autoinforme, sino una escala de cribado heteroaplicada. Seto y Lalumière (2001) desarrollaron la primera versión de este instrumento (SSPI) para su uso clínico en situaciones en las que no era posible recurrir a otras medidas objetivas como la falometría. La escala está compuesta por cuatro correlatos sólidos de la respuesta falométrica indicativa de pedofilia. Los ítems son: tener una víctima masculina, tener múltiples víctimas infantiles, tener una víctima infantil por debajo de los doce años y tener víctimas infantiles extrafamiliares. Cada ítem se valora como presente o ausente. Los autores definen como “víctima infantil” a menores de catorce años. Aunque inicialmente los autores pretendían asignar un peso igual a cada ítem, finalmente a la variable “tener una víctima masculina” se le asignó un dos, ya que explicaba el doble de varianza en la respuesta falométrica que el resto de los correlatos. Por lo tanto, una persona puede obtener en esta escala una puntuación entre 0 y 5. Este instrumento se relaciona positivamente con otras medidas de pedofilia (Mokros, Dombert, Osterheider, Zappala y Santilla, 2010). Recientemente, Seto et al. (2015) han revisado la escala y han propuesto la inclusión de un nuevo ítem, el uso de pornografía infantil. En una muestra de 950 delincuentes sexuales con menores encontraron que la puntuación del SSPI-2 se correlacionaba positivamente con la respuesta falométrica ante estímulos que representaban a menores. Además, la inclusión de este quinto ítem mejoraba la capacidad de predicción de la respuesta sexual ante menores con respecto a la versión original de cuatro ítems.

La Escala de Sexo con Niños (Sex With Children Scale, SWCH;Mann, Webster, Wakeling y Marshall, 2007)

La Escala de sexo con niños (SWCH) está compuesta por 18 ítems, creados a partir de la experiencia clínica en el trabajo con delincuentes sexuales. Su objetivo es evaluar las creencias que justifican el contacto sexual entre adultos y menores. Se utiliza rutinariamente en el servicio penitenciario británico como parte de una batería más amplia de evaluación de delincuentes sexuales. Cada ítem se puntúa de 0 a 4 en una escala tipo Likert (0 = muy en desacuerdo, 4 = muy de acuerdo). No hay ítems inversos, por lo que a mayor puntuación mayor aceptación de las creencias que evalúa la escala. Mann et al. (2007) estudiaron las propiedades psicométricas de este instrumento en una muestra de 1.376 delincuentes sexuales que se sometieron a tratamiento en el sistema penitenciario británico entre 1993 y 2003. De este grupo, 1.014 participantes eran abusadores de menores y el resto habían agredido a una mujer adulta. Encontraron un índice de fiabilidad alfa de .94 y un índice test-retest de .93. Mediante análisis de componentes principales extrajeron dos factores. Uno hacía referencia a la naturaleza inofensiva del sexo con niños y el otro recogía los ítems que definen a los niños como sexualmente provocativos. La escala obtiene correlaciones positivas y significativas con otras medidas similares, como la subescala de distorsiones cognitivas del Multiphasic Sex Inventory. Además, los abusadores de menores de su muestra obtenían puntuaciones significativamente mayores en la SWCH que los agresores de mujeres adultas. Por último, las puntuaciones en la SWCH se relacionaban positivamente con el nivel de riesgo de reincidencia de los participantes (medido mediante un instrumento actuarial).

Escala de Interés en el Abuso Infantil (Interest in Child Molestation Scale, ICMS;Gannon y O’Connor, 2011)

El objetivo de las autoras de esta escala era desarrollar un instrumento aplicable a muestras comunitarias, por lo que no centraron su proceso de validación en grupos de abusadores de menores, sino en una muestra de estudiantes universitarios. La Escala de Interés en el abuso infantil (ICMS) está compuesta por cinco escenarios hipotéticos en los que se da una situación abusiva. Tres de estos escenarios son considerados situaciones de abuso coercitivo pero no agresivo (escenarios de baja fuerza) y dos describen un abuso sexual agresivo (escenarios de alta fuerza). Un ejemplo de situación de baja fuerza es la de un canguro que aprovecha la cercanía con los niños que cuida para acariciarles sexualmente mientras ven la televisión. Una situación de alta fuerza que recoge la escala es la de una persona que aprovecha el interés de un niño desconocido en su perro para después de jugar un rato, besarle, tocarle y si el niño se resiste emplea la fuerza física. En cada descripción, la persona evaluada debe imaginarse a sí misma en esa situación y responder a tres preguntas sobre sí mismo utilizando una escala tipo Likert de siete puntos. Cada una de estas preguntas evalúa la activación sexual ante ese escenario, la propensión a comportarse de forma similar y el disfrute general en esa situación. Por lo tanto, la escala permite calcular una puntuación para cada una de estas variables en los escenarios de mucha y poca fuerza. El instrumento obtuvo en una muestra de estudiantes un índice de fiabilidad alfa de .90 y una fiabilidad test-retest (en un período de dos semanas) de .94.

Cuestionario de Actitudes y Comportamientos relacionados con Internet (Internet Behaviours and Attitudes Questionnaire, IBAQ;O’Brien y Webster, 2007)

Este cuestionario evalúa de forma separada los aspectos cognitivos y comportamentales relativos al consumo de imágenes abusivas de menores en Internet. La parte A del instrumento mide comportamientos específicos relacionados con la conducta delictiva. Está formada por 47 ítems de estructura dicotómica, sin ítems inversos. La parte B mide actitudes relacionadas con el consumo de pornografía infantil a través de 34 ítems que se puntúan en una escala tipo Likert de 1 a 5. Cinco de los ítems son inversos. A mayor puntuación en cada una de las escalas, mayor presencia de comportamientos y actitudes que apoyan la conducta delictiva.

O’Brien y Webster (2007) aplicaron la prueba a una muestra de 123 hombres mayores de edad condenados por delitos de pornografía infantil en Internet. La consistencia interna de la escala actitudinal fue de .93, medida a través del coeficiente alfa. Los autores analizaron también la estructura factorial de la escala actitudinal, encontrando dos factores claramente diferenciados: factor 1 (pensamiento distorsionado), con un coeficiente alfa de .92 y factor 2 (autogestión), con un coeficiente alfa de .89. La validez concurrente fue medida a través de las correlaciones entre las puntuaciones en el IBAQ y la deseabilidad social, medida a través de la escala Paulhus Deception Scales: The Balanced Inventory of Desirable Responsing (BIDR; Paulhus, 1984). Se comprobó que a medida que las puntuaciones en el IBAQ aumentaban, las puntuaciones en el BIDR disminuían, lo cual era especialmente importante para interpretar las puntuaciones del factor 2 (autogestión). La validez de criterio se evaluó a través de las correlaciones del IBAQ con información sobre condenas previas, mostrándose correlaciones significativas entre ambas variables. La validez discriminante fue analizada clasificando a los participantes en dos grupos en función de su puntuación en la parte A del cuestionario, la destinada a medir comportamientos relacionados con el consumo de imágenes abusivas. De esta forma, uno de los grupos estaba compuesto por participantes que habían puntuado alto en esta parte de la escala (gran parte de su comportamiento estaba relacionado con el consumo de imágenes) y el segundo grupo por participantes con puntuaciones bajas (escaso comportamiento relacionado con el consumo de imágenes). Se encontró que los participantes con mayor comportamiento de ese tipo tenían puntuaciones significativamente más elevadas en las dos escalas actitudinales. Este resultado indica de manera preliminar que la escala IBAQ puede discriminar entre grupos de participantes. Este instrumento está siendo utilizado en la actualidad por profesionales que trabajan con este perfil delictivo en Reino Unido, Países Bajos, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda (O’Brien y Webster, 2011).

Inventario de Actividades relacionadas con Niños y Sexo (Children and Sexual Activities Inventory, C&SA;Howitt y Sheldon, 2007)

Howitt y Sheldon (2007) llevaron a cabo un estudio centrándose en analizar las diferencias en distorsiones cognitivas de los abusadores de menores y los consumidores de pornografía infantil por internet. Los cuestionarios que existían para el análisis de las distorsiones cognitivas de los delincuentes sexuales en el momento del estudio asumían que el agresor había cometido abuso sexual, por lo que no eran apropiados para evaluar a los consumidores de pornografía infantil. Los autores construyeron el inventario C&SA para poder evaluar ambas muestras, para lo cual utilizaron por una parte algunos ítems de otras escalas ya publicadas (la escala MOLEST, la Escala de Cogniciones de Abel y Becker y el Cuestionario de Actitudes Sexuales de Hanson) y, por otra, la experiencia profesional de los autores con ambos tipos de delincuentes sexuales. Se elaboraron 60 ítems inicialmente, que fueron posteriormente clasificados según el modelo de Ward y Keenan (1999), quedando al final de dicho proceso 39 ítems, que son los que componen actualmente el inventario. Los ítems se responden en una escala de 1 a 4, desde muy en desacuerdo a muy de acuerdo. Tres ítems son inversos. A mayor puntuación en la escala, mayor acuerdo con las distorsiones cognitivas presentadas.

El instrumento fue aplicado a una muestra de agresores: abusadores de menores (n = 25), consumidores de pornografía infantil por internet (n = 16) y agresores mixtos (abusadores de menores y consumidores de pornografía infantil, n = 10). A cada participante se le asignó una puntuación en cada una de las escalas del modelo de Ward y Keenan (1999), para lo cual se sumó la puntuación de cada sujeto en los ítems pertenecientes a cada escala, según la clasificación hecha por los autores. La única diferencia significativa entre los grupos de delincuentes fue en la escala “niños como objetos sexuales”. Contrariamente a los resultados de otros estudios, los consumidores de pornografía infantil puntuaron significativamente más alto que los abusadores de menores. Los abusadores de menores puntuaron más alto (aunque no de manera significativa) en los ítems pertenecientes a la escala “mundo peligroso” que los agresores mixtos. Cuando se analizaron los ítems de manera individual, solamente se encontraron diferencias significativas en las respuestas de las tres muestras en cinco de ellos.

En la segunda parte del estudio, los autores llevaron a cabo un análisis factorial, encontrando dos factores principales. El primer factor agrupa creencias que asumen que los niños tienen sentimientos sexuales hacia los adultos y son capaces de disfrutar y desear el sexo con ellos. Se corresponde con el esquema de “niños como objetos sexuales” de Ward y Keenan (1999). El segundo factor recoge las “justificaciones para llevar a cabo la conducta delictiva”. Se comparó en ambos factores a las tres muestras del estudio. Respecto al primer factor, existían diferencias significativas entre los tres grupos: los consumidores de pornografía infantil puntuaban significativamente más alto que los abusadores de menores. Los agresores mixtos tenían puntuaciones más altas en este factor –la diferencia se acercó a la significación estadística– que el grupo de abusadores de menores. Respecto al segundo factor, no se apreciaron diferencias significativas entre los tres grupos, aunque la puntuación más alta fue para el grupo de abusadores de menores. Este estudio tiene algunas limitaciones a tener en cuenta. Por un lado, las muestras utilizadas son pequeñas y se han utilizado los mismos participantes tanto para el estudio de validación a través del análisis factorial como para la comparación de grupos. Además, los factores extraídos solamente explican el 40.38% de la varianza total

Merdian et al. (2014) eligieron los ítems de la escala C&SA que consideraron más específicos para la evaluación de consumidores de pornografía infantil. Dichos ítems, junto con la Escala de Cogniciones de Abel y Becker (Abel et al., 1984), se aplicaron a tres muestras: 22 consumidores de pornografía infantil, 29 abusadores de menores y 17 agresores mixtos. Los autores encontraron que los ítems de la C&SA no diferenciaban entre los tres grupos. No obstante, estos datos son resultados preliminares que adquieren importancia en el campo empírico del estudio de consumidores de pornografía infantil, todavía en sus primeras fases (Merdian et al., 2014).

Escala de Creencias sobre Niños, Internet y Sexo (Children Internet and Sex Cognitions, CSIC;Kettleborough y Merdian, 2015)

Kettleborough y Merdian (2015) han desarrollado una escala para evaluar la presencia de distorsiones cognitivas en consumidores de pornografía infantil. La importancia de esta escala reside en ser un instrumento específico para medir actitudes en esta población. Junto con el IBAQ y la C&SA son probablemente los únicos instrumentos diseñados específicamente para esta población. Sin embargo, mientras que la IBAQ y la C&SA han sido construidas basándose en instrumentos ya existentes, la escala CSIC se ha elaborado mediante metodología inductiva, preguntándole a profesionales con experiencia en esta población sobre los patrones de pensamiento específicos de los consumidores de pornografía infantil. Los profesionales contestaron en primer lugar a preguntas abiertas para que describieran los patrones de pensamiento más frecuentes de este tipo de delincuentes. También se les pidió que diferenciaran entre los pensamientos más comunes en esta población y los más frecuentes en agresores sexuales. Posteriormente, se les presentó una breve descripción del modelo de las cinco teorías implícitas de Ward y Keenan (1999) y se les pidió que puntuaran en una escala tipo Likert de 1 a 6 (desde muy de acuerdo a muy en desacuerdo) la presencia de dichas teorías en consumidores de pornografía infantil.

Del análisis de las respuestas de los profesionales resultó la presencia de cuatro grandes temas en los patrones de pensamiento de esta muestra poblacional: la naturaleza percibida de los niños, la implicación no sexual del consumo de pornografía infantil, la negación de daño y la expresión de una preferencia sexual general. Estos grandes temas se dividen en un total de 10 subtemas que se resumen en la tabla 3.

Tabla 3.

Subtemas de la Escala de Creencias sobre Niños, Internet y Sexo

Naturaleza percibida de los niñosLos niños como personajes de ficción –los niños que aparecen en las imágenes no son niños reales. 
Los niños como actores –los niños son capaces de actuar de manera sexual para excitar a otras personas. 
Los niños como seres sexuales –los niños son seres sexuales con la capacidad y el entendimiento suficientes para tener una relación sexual con un adulto. 
Implicación no sexual del consumo de pornografía infantilRefuerzo a través de coleccionar e intercambiar imágenes –consumen imágenes, no por motivos sexuales, sino por lo estimulante y atractivo que les resulta coleccionarlas, intercambiarlas, hacer algo ilegal, etc. 
Falta de control sobre el comportamiento delictivo –hay factores que están más allá del control del agresor que motivan su comportamiento. Perciben el mundo como incontrolable y creen que las personas no tienen control sobre sus propias mentes o sobre sus preferencias sexuales. 
El consumo de imágenes como un método para regular las emociones –el consumo de imágenes les produce emociones positivas o alivia sentimientos negativos relacionados con el estrés y la soledad. 
Negación del dañoNegación del daño en el abuso sexual infantil –la actividad sexual en sí misma no es dañina para los niños. Tampoco es dañina para los niños la “simple” actividad de ver imágenes abusivas. Al no existir un contacto físico con los niños, no existe daño. 
El abuso sexual infantil es un constructo social –los niños no experimentan consecuencias negativas debido a la actividad sexual en sí misma, sino a la respuesta social tan negativa que existe a dicha actividad. 
Expresión de preferencia sexual generalEl consumo de pornografía infantil como una manifestación de intereses voyeurísticos –el consumo de imágenes abusivas de niños no responde a un interés sexual hacia ellos sino al pacer sexual que les produce observar a otras personas en situaciones sexuales. 
El consumo de pornografía infantil como preferencia por contenidos sexuales desviados –les interesan una amplia variedad de contenidos sexuales desviados (por ejemplo bestialismo o actividades sexuales no consentidas) pero no tienen un interés sexual específico hacia los menores. 

En base a estos subtemas, las autoras redactaron un conjunto de 118 ítems. En una segunda parte del estudio se pidió a otro grupo de profesionales que relacionaran los ítems generados con cada uno de estos 10 subtemas. Se eliminaron los ítems que consiguieron un nivel de acuerdo entre los profesionales respecto al subtema al que pertenecían inferior al 50%. Finalmente, se obtuvieron 108 ítems, que forman parte de la versión actual de la CSIC. Este autoinforme se contesta con una escala tipo Likert de 6 puntos, desde muy en desacuerdo a muy de acuerdo. Actualmente, la escala está en fase de validación (Kettleborough y Merdian, 2015).

Recientemente, las escalas IBAQ, CIS-R, SWCH y ICMS se han incorporado al protocolo de evaluación para el tratamiento psicológico de hombres condenados a una medida penal alternativa por este tipo de delitos en España, lo que supondrá una oportunidad para validar este tipo de instrumentos con población española (Herrero et al., 2015).

Pletismografía peneana

Una crítica habitual a los autoinformes es que son fácilmente manipulables y que se ven afectados por los sesgos relacionados con la deseabilidad social. Con el propósito de buscar pruebas objetivas que permitieran evaluar el interés sexual desviado se desarrollaron en los años 60 y 70 las medidas falométricas.

La pletismografía peneana [penile plethysmography - PPG], o falometría, es una técnica que mide el flujo sanguíneo del pene en respuesta a estímulos visuales o auditivos de contenido sexual. Los cambios en el flujo sanguíneo son considerados indicadores de la excitación sexual (arousal sexual) experimentada por el sujeto.

Hay dos tipos de técnicas falométricas: las que miden los cambios en el volumen del pene a través de un manguito inflable cilíndrico y hermético que se coloca en su base y las que miden la circunferencia del pene con una galga extensiométrica de mercurio (Coric et al., 2005). Las diferencias en eficacia y precisión de estos dos tipos de medidas son todavía un tema de debate entre los autores, especialmente entre investigadores que pertenecen a laboratorios especializados en una u otra técnica (Cantor, 2015; Fedoroff, 2015). Independientemente de esas discrepancias, lo cierto es que las medidas que miden la circunferencia del pene son más frecuentemente utilizadas ya que son más fáciles de usar y están más disponibles a nivel comercial (Merdian y Jones, 2011). Howes (1998) estudió una muestra de 724 agresores encarcelados y encontró que el cambio de la circunferencia del pene durante la excitación sexual tiene una distribución normal, con una media de 32.6mm y una desviación típica de 8.8mm.

Habitualmente las sesiones de evaluación falométrica duran entre dos horas y dos horas y media. Se controla el nivel de atención del participante a los estímulos presentados a través de la grabación en vídeo de su rostro. Existe una amplia variedad de estímulos, desde fotos, audios o vídeos con diferentes temáticas sexuales en función de los objetivos de la evaluación: relaciones heterosexuales consentidas, relaciones homosexuales consentidas, agresiones sexuales heterosexuales, prácticas sexuales bondage con mujeres adultas, pedofilia heterosexual, pedofilia homosexual y temas neutros (Howes, 2009).

El uso de este tipo de mediciones es variado. En general, en países como Canadá se utiliza como una medida más en los protocolos de evaluación de los agresores sexuales que son sometidos a tratamiento. Su objetivo es conocer la necesidad de tratamiento de los delincuentes que van a participar en los programas y poder medir luego el cambio terapéutico. También es utilizado para evaluar el riesgo de reincidencia y tomar decisiones sobre la posible salida en libertad de delincuentes encarcelados (Howes, 2009). En general los autores coinciden en que es una medida útil desde el punto de vista clínico siempre que se acompañe de otras medidas de evaluación (Howes, 2003). Sin embargo, su uso en solitario para decidir sobre el tratamiento y la vida penitenciaria de los delincuentes ha sido cuestionado, fundamentalmente debido a su falta de base teórica, sus limitaciones metodológicas y la debilidad de sus propiedades psicométricas (Adler, 1994, citado en Merdian y Jones, 2011; Marshall y Fernández, 2000, 2003).

En cuanto a la carencia de una base teórica sólida, hay autores que afirman que las preferencias sexuales son un concepto holístico que no puede ser medido exclusivamente a través del nivel de excitación sexual (Gaither, 2000). Además, hay estudios que encuentran que hay situaciones que son consideradas excitantes sexualmente por el sujeto pero no dan lugar a una respuesta falométrica y viceversa (Haywood, Grossman y Cavanaugh, 1990). Por otra parte, se ha cuestionado si las preferencias sexuales son estables en el tiempo o dependen de factores ambientales. En este último caso, evaluar el arousal sexual a través de PPG en un laboratorio podría considerarse inadecuado (Marshall y Fernández, 2003).

A nivel metodológico la PPG presenta una serie de limitaciones que no han sido resueltas adecuadamente por los investigadores. Existen una serie de variables importantes que pueden influir en los resultados obtenidos que no han recibido suficiente atención. Por una parte, el tipo de estímulos que se presentan al sujeto es especialmente relevante. Hay que diferenciar entre estímulos visuales y auditivos, estímulos de duración corta o larga, estímulos que presentan situaciones con diferentes grados de intensidad y gravedad de las situaciones sexuales presentadas, etc. La mayoría de las evaluaciones falométricas buscan identificar las preferencias sexuales de los sujetos en cuanto a edad y género, por lo que la elección de estímulos adecuados es fundamental. Por ejemplo, es necesario clasificar los estímulos no en función de la edad biológica del menor presentado sino en función de su desarrollo y madurez física, que puede variar en niños de la misma edad (Fuller, Barnard, Robbins y Spears, 1988). También es importante tener en cuenta el efecto de habituación que generan los estímulos, siendo mayor en el caso de los estímulos auditivos. Los estímulos visuales en vídeo generan las respuestas sexuales más elevadas (Abel, Blanchard y Barlow, 1981), aunque su uso es problemático porque produce niveles elevados de arousal tanto en delincuentes sexuales como en grupos control (Marshall, 2006). Algunos autores proponen utilizar una combinación de estímulos auditivos y visuales, ya que los estímulos visuales permiten identificar la edad y género del menor y los auditivos permiten describir diferentes tipos de actividad sexual (Laws, Hanson, Osborn y Greenbaum, 2000), consiguiéndose así evaluar una amplia gama de situaciones.

Por otra parte, la codificación de las puntuaciones de la PPG no está estandarizada. Según la revisión realizada por Merdian y Jones (2011), existen cuatro métodos de puntuación. El método más directo es medir los cambios que se producen en la circunferencia del pene en términos absolutos, aunque este tipo de medición sólo permite evaluar respuestas intrasujeto. Otro tipo de medición consiste en utilizar el porcentaje de erección completa [full erection, %FE]. Es decir, se calcula el valor de erección completa del sujeto, partiendo de una situación de nula excitación sexual (flacidez peneana) hasta una situación de máxima excitación sexual. Este valor correspondería al 100% de excitación sexual. A partir de ese valor, se calcularía la excitación sexual que le producen los diferentes estímulos sexuales al individuo, como porcentaje respecto a la erección completa. Este método permite realizar comparaciones entre sujetos, pero la dificultad radica en calcular adecuadamente el tamaño de la erección completa, el cual puede estar influido por factores ambientales (Howes, 2003). Uno de los métodos más eficaces es la transformación de las mediciones en puntuaciones z, las cuales describen las respuestas a diferentes categorías de estímulos como desviación con respecto a la respuesta media del individuo. Esto permite realizar comparaciones entre sujetos y explicar un porcentaje de la varianza mayor, ya que las puntuaciones z reducen la variabilidad intersujeto. Según Byrne (2001, citado en Merdian y Jones, 2011), la transformación en puntuaciones z tiene mayor poder discriminatorio que las puntuaciones absolutas o el porcentaje de erección completa. Por último, se han utilizado los índices de desviación, es decir, la tasa de desviación respecto a respuestas apropiadas (Launay, 1999). Se pueden calcular teniendo en cuenta valores máximos o respuestas medias a diferentes categorías de estímulos. Según Marshall (2006), estos índices permiten realizar comparaciones entre sujetos y permanecen consistentes en las evaluaciones intrasujetos tras la aparición de los efectos de la habituación.

Algunas variables relacionadas con el sujeto experimental, como la respuesta sexual baja o la manipulación de los resultados, deben ser también tenidas en cuenta. Hay sujetos que presentan un arousal bajo a cualquier estímulo sexual que se presente en un contexto de evaluación (por manipulación consciente o no). Para solventar esta situación, los estudios suelen incluir un punto de corte, de tal forma que los sujetos cuya respuesta peneana queda por debajo no son incluidos en el estudio (Merdian y Jones, 2011). Es complicado detectar cuándo un sujeto puntúa bajo ante la presentación de ciertos estímulos sexuales porque no le excitan o porque está manipulando la prueba. Se han introducido diferentes métodos de control para evitar esta manipulación, como por ejemplo otras medidas fisiológicas (pulso, respuesta psicogalvánica, respiración), tareas semánticas en las que el sujeto tenga que detectar señales o estímulos (Kalmus y Beech, 2005), entrevistas o cuestionarios tras la evaluación para evaluar el nivel de atención del sujeto (Murphy y Barbaree, 1994), presentación de estímulos por sorpresa para evitar la distracción cognitiva que pueda poner en marcha el sujeto para disminuir su respuesta sexual (Freund, 1971), tener en cuenta solamente el principio del incremento de la respuesta eréctil, que es más difícil de manipular por estar fuera del control del sujeto (Adler, 1994; citado en Merdian y Jones, 2011), entre otros.

La debilidad de las propiedades psicométricas de esta prueba es otra de sus limitaciones más importantes. La fiabilidad de las pruebas falométricas ha sido escasamente estudiada. La fiabilidad test-retest ha sido analizada correlacionando las respuestas de arousal del sujeto en dos sesiones independientes, asumiendo que la excitación sexual es un rasgo estable. Los índices de fiabilidad encontrados han sido bajos, detectándose un número importante de factores que influyen en esta metodología (habituación, tipo de estímulo utilizado, porcentaje de sujetos con un índice bajo de respuesta sexual, etc.) (Merdian y Jones, 2011). La consistencia interna se ha evaluado correlacionando respuestas a categorías de estímulos similares, por ejemplo estímulos de edad y sexo similar o estímulos que presentan sexo consentido o no consentido. Los estudios revisados muestran niveles aceptablemente altos de consistencia interna de la prueba (Abel, Huffman, Warberg y Hollan, 1998; Laws et al., 2000). Fernández y Marshall (2002, citado en Marshall y Fernández, 2003) encontraron unos niveles entre .87 y .95 para casos de incesto y entre .72 y .83 para abusos sexuales infantiles fuera de la familia. Uno de los principales problemas de esta forma de evaluar la fiabilidad es asumir que los estímulos que pertenecen a una misma categoría le resultan igualmente excitantes al sujeto. La presencia en los estudios de sujetos con un perfil de baja respuesta sexual también genera dificultades en los análisis. Sin embargo, según la evidencia empírica disponible parece que la consistencia interna es la mejor manera de evaluar la fiabilidad de la PPG (Merdian y Jones, 2011).

En relación a la validez, hay pocos estudios que hayan analizado la relación entre PPG y autoinformes (validez de constructo) pero los resultados informan de una correlación media-alta entre ambas medidas (Murphy y Barbaree, 1994; Laws et al., 2000). La validez de criterio ha recibido una mayor atención por parte de la investigación. Cantor y McPhail (2015) llevaron a cabo un estudio retrospectivo para analizar la capacidad de la PPG de diferenciar entre hombres pedofílicos (con interés sexual en niños preadolescentes), hebefílicos (con interés sexual en niños adolescentes) y teleofílicos (con interés sexual en adultos, de 17 años en adelante). La muestra estaba formada por 239 sujetos que habían cometido delitos sexuales contra víctimas fuera del ámbito familiar mayores de edad (17 años o más) y 996 hombres que habían cometido delitos sexuales contra menores de 15 años fuera del ámbito familiar. El criterio para formar parte de la muestra es que negaran tener intereses sexuales hacia los menores. Encontraron que la prueba detectaba la hebefilia con una sensibilidad y una especificidad del 70.0% y del 90.7%, la pedofilia con un 46.9% y un 100% y la pedohebefilia (interés sexual en menores en general, sin diferenciar edad) con un 75.3% y un 90.7%. Estos resultados son congruentes con investigaciones anteriores que encontraron que la PPG puede diferenciar entre abusadores de menores extrafamiliares y otros delincuentes sexuales (Abel et al., 1998; Card y Dibble, 1995).

Sin embargo, estos resultados deben ser matizados en el caso de los abusadores de menores cuyas víctimas sean exclusivamente niñas. Es habitual que los abusadores tengan preferencia por niñas en edad adolescente. Cuando se presentan estímulos en los que se incluyen niñas en este rango de edad, es más difícil diferenciar entre abusadores y los que no lo son (Seto, Lalumière y Blanchard, 2000), probablemente porque son estímulos más parecidos a los perfiles normativos (Merdian y Jones, 2011).

La validez de la PPG para diferenciar a los abusadores de menores intrafamiliares de otros grupos poblaciones es menor. En la mayoría de los estudios, los abusadores no parecen tener un patrón de desviación sexual o un interés sexual claro hacia los niños que pueda ser detectado falométricamente (Haywood et al., 1990; Lang, Black, Frenzel y Checkley, 1988). Sin embargo, parece que el tipo de estímulo utilizado influye en los resultados. Cuando se usan estímulos visuales, los agresores intrafamiliares presentan respuestas de arousal normales; sin embargo, cuando los estímulos son auditivos presentan un patrón desviado. Una posible explicación es que, mientras que los agresores extrafamiliares tienen un interés sexual general hacia los menores, los agresores intrafamiliares están más centrados en una víctima en particular. Los estímulos auditivos permiten al agresor fantasear con su propia víctima, más que los estímulos visuales (Marshall y Fernández, 2003).

Algunos investigadores han utilizado la supresión de la respuesta sexual como medida para diferenciar entre grupos de delincuentes sexuales y grupos control. Howes (2003) encontró que mientras que el 98% de los sujetos de un grupo control podía inhibir su respuesta sexual ante estímulos sexuales desviados, solamente el 32% de un grupo de agresores sexuales y el 10% de un grupo de pedófilos podían inhibir su respuesta sexual.

Las pruebas falométricas también se han utilizado para estudiar las diferencias entre consumidores de pornografía infantil por Internet y abusadores de menores. Seto et al. (2006) encontraron que un grupo de consumidores de imágenes abusivas mostraban con mayor probabilidad un patrón de arousal sexual pedofílico que otros delincuentes sexuales.

Por último, la mayoría de los estudios encuentran que resultados elevados en la PPG son un buen indicador de la reincidencia delictiva (validez predictiva) (Marshall, 2006; Marshall y Fernández, 2000; Merdian, Jones, Morphett y Boer, 2008; Rice, Quinsey y Harris, 1994). Moulden, Firestone, Kingston y Bradford (2009) analizaron la relación entre pedofilia y reincidencia en una muestra de 206 abusadores de menores extrafamiliares. Encontraron que los abusadores previamente diagnosticados como pedófilos a través de medidas falométricas reincidían un 79% más que aquellos abusadores no diagnosticados como pedófilos.

Medidas basadas en los tiempos de latencia

Las dificultades asociadas a los autoinformes y las pruebas falométricas han llevado a intentar desarrollar medidas indirectas del interés sexual que permitan superar la motivación de los evaluados por disimular intereses desviados. Se trata de tareas de tipo cognitivo, que utilizan mayoritariamente como variable dependiente el tiempo de respuesta de los evaluados ante determinados estímulos y tareas. Algunos autores las han denominado tareas atencionales (Gress y Laws, 2009; Kalmus y Beech, 2005), aunque otros autores han manifestado que no está claro qué tipo de procesos cognitivos subyacen a estas tareas y prefieren denominarlas en base a su variable dependiente, es decir, medidas basadas en la latencia (Banse, Schmidt y Clarbour, 2010).

Las medidas basadas en la latencia utilizan generalmente tareas de valoración, clasificación o detección que implican distintas clases de estímulos pictóricos con potencial interés sexual (mujeres u hombres adultos o niños de ambos sexos). La variable dependiente de estas tareas es el tiempo de respuesta. En términos generales, intentan evaluar la capacidad de una categoría de estímulos (por ejemplo, imágenes de menores frente a imágenes de adultos) para elicitar interés sexual a través del nivel de interferencia o facilitación que induce en la ejecución de una tarea. De hecho, existen datos recientes que sugieren, mediante potenciales evocados, que el procesamiento cerebral de estímulos eróticos adultos difiere entre pedófilos y no pedófilos (Knott, Impey, Fisher, Delpero y Fedoroff, 2016). Aunque existen varias, se resaltan en esta revisión las tareas de tiempo de elección, las de tiempo de visualización y los tests de asociación implícita.

La lógica que subyace a las tareas de tiempo de elección es que distractores de carácter sexual que encajan con las preferencias del participante tienen mayor capacidad de distracción sobre una tarea que aquellos que no le resulten atractivos. Por ejemplo Mokros et al. (2010) aplicaron una tarea de tiempo de elección a una muestra de 21 abusadores de menores y 21 delincuentes no sexuales. La tarea experimental consistía en que los participantes debían localizar un punto negro en una fotografía presentada por ordenador. La fotografía podía representar la imagen sexualizada de un menor o de una persona adulta. Los abusadores tenían tiempos de respuesta significativamente mayores cuando tenían que resolver la tarea con imágenes sexualizadas de menores. El mismo efecto se daba en el caso de los delincuentes no sexuales cuando tenían que resolver la misma tarea con imágenes de mujeres adultas. Los autores evaluaron la capacidad discriminativa de la tarea mediante una curva ROC y obtuvieron un área bajo la curva de .998. Esto significa que el desempeño en la tarea permitía distinguir casi de forma perfecta entre ambos grupos. Poeppl et al. (2011) aplicaron esta tarea a una muestra de nueve pacientes diagnosticados de pedofilia y once controles. Simultáneamente, se les realizaba una resonancia magnética funcional. Durante la exposición a imágenes de niños prepúberes desnudos, los participantes diagnosticados de pedofilia mostraron una mayor actividad cerebral en el giro cingulado y en la región de la ínsula, lo que es indicativo de la implicación de estas regiones en el interés sexual hacia los menores. Esto le sucedía igualmente al grupo de pedófilos ante las imágenes de adultos, pero no de jóvenes en la pubertad. Los autores destacan la posible utilidad diagnóstica de combinar tareas de tiempo de elección con técnicas de neuroimagen.

Las medidas de tiempo de visualización aprovechan el hecho de que las fotografías de personas sexualmente atractivas se inspeccionan mayor tiempo que las de personas menos atractivas. Este tipo de evaluación tiene relevancia forense en la medida en la que puede ser menos susceptible de manipulación deliberada que los autoinformes. En una tarea típica, los participantes tienen que evaluar el atractivo de estímulos de los dos sexos de distintas edades. Además de la evaluación explícita, se mide el tiempo que se dedica a inspeccionar cada estímulo y la media empleada en cada categoría se usa como indicador indirecto de interés sexual. Existe evidencia experimental de que los pedófilos centran de forma automática su atención en los rostros y las regiones púbicas de los niños (Fromberger et al., 2013). Actualmente existen varios procedimientos comercializados de evaluación del interés pedófilo, que se basan parcialmente en el tiempo de visualización. Entre ellos se encuentran el Abel Assessment for Sexual Interest-2© (AASI-2), el Visual Sexual Preference Assessment© (VSAP) y el Affinity©. Este último es un test informatizado en el que se presenta al evaluado un total de 80 fotografías (40 imágenes masculinas y 40 femeninas) mostrando personas completamente vestidas, en poses frontales dentro de un entorno natural. Ninguna de estas fotografías es pornográfica o sexualmente sugerente. El conjunto de fotografías incluye diez imágenes para cada una de las ocho categorías de edad y género: niños o niñas pequeños (5 años o menos), niños o niñas prepúberes (entre 6 y diez años), adolescentes (entre 11 y 15 años) y adultos (de 18 años en adelante). Cada imagen se le presenta al evaluado en orden aleatorio. Ante la imagen, el evaluado es requerido para evaluar el grado de atractivo sexual de la persona representada, en una escala de siete puntos. Esta tarea es la que se conoce como evaluación de imágenes. A la vez que la persona realiza esta tarea, el sistema registra de forma inadvertida el tiempo de visualización entre la aparición del estímulo y el registro de la evaluación del grado de atractivo (Glasgow, 2009). Worling (2006) encontró índices de fiabilidad de .76 para el tiempo de visualización y de .95 para la tarea de valoración de imágenes. Recientemente, Mokros et al. (2012) evaluaron la fiabilidad y capacidad de clasificación de este instrumento en una muestra de 42 pedófilos, 95 controles comunitarios y 27 delincuentes no sexuales. Encontraron índices alfa que iban de .79 a .82 para el tiempo de visualización en las distintas categorías de edad. Para la tarea de valoración de las imágenes, los índices de fiabilidad iban de .90 a .98. Tanto las valoraciones explícitas de atractivo sexual como los tiempos de visualización ante imágenes de niños pequeños o prepúberes fueron significativamente mayores en el grupo de abusadores de menores en comparación con los otros dos. Aun así, la capacidad de clasificación del instrumento no era satisfactoria, obteniendo un área bajo la curva (AUC) de .67. Para obtener una sensibilidad del 90.5% (es decir, para identificar adecuadamente a más de nueve de cada diez pedófilos), la especificidad descendía al 50.5% (es decir, que aproximadamente la mitad de los controles comunitarios serían clasificados erróneamente como pedófilos). Los autores resaltan la conveniencia de utilizar como resultado del instrumento un agregado estadístico de la evaluación de imágenes y del tiempo de visualización con el que la capacidad discriminativa aumentaba (AUC = .80) y considerar siempre Affinity© como una fuente más de información dentro de una evaluación más amplia.

Los tests de asociación implícita (TAI) proceden del estudio de actitudes sociales especialmente sensibles, como el racismo o la homofobia. La metodología general del TAI se describe en Greenwald, McGhee y Schwartz (1998). El TAI supone una secuencia de tareas informatizadas que evalúan la asociación entre un concepto (por ejemplo “palabra sexual” y “palabra no sexual”) y una diana (un listado de palabras) y una dimensión evaluativa o de atributo (por ejemplo “adulto”/“infantil” o “agradable”/“desagradable”). El procedimiento se inicia con una introducción de la discriminación entre diana y concepto. Se presentan los estímulos diana y el evaluado debe pulsar un botón u otro a los que se ha asignado uno de los conceptos (por ejemplo con la mano izquierda se responde “palabra sexual” y con la derecha “no sexual”). En el segundo paso se introduce la dimensión evaluativa, también en la forma de una discriminación entre dos categorías. Los participantes deben de categorizar una nueva lista de palabras en esas dos categorías evaluativas (por ejemplo decidir si la palabra “juguete” pertenece a la categoría “adulto” o “infantil”). El tercer paso superpone ambas tareas. En esta fase los estímulos para la discriminación entre categorías de conceptos o atributos aparecen en ensayos alternativos. En la cuarta fase, se vuelven a presentar las palabras de la primera fase, pero se invierte la asignación de botones de respuesta. Finalmente, se vuelven a presentar en ensayos alternativos las palabras que deben categorizarse como conceptos o atributos. En el caso de los conceptos se mantiene la asignación inversa del ensayo cuatro, mientras que los atributos se mantienen como antes. De esta forma se crean en las fases tres y cinco dos condiciones que podríamos denominar como “congruente” o “incongruente”. Por ejemplo, en el ensayo tres los participantes pueden tener asignado al botón izquierdo las categorías “palabra sexual” y “adulto” y al derecho “no sexual” e “infantil”. Tras el cambio que se produce en el ensayo cuatro, se producirá en el ensayo cinco de forma inevitable una condición “incongruente” (por ejemplo, el botón derecho servirá para responder “palabra sexual” e “infantil”). Se espera que cuando exista una fuerte asociación entre las categorías conceptuales y evaluativas que han sido asignadas al mismo botón, la tarea resultará mucho más sencilla que cuando suceda lo contrario. Esto se traduce en tiempos de respuesta distintos (medidos en milisegundos). En el caso concreto de la evaluación del interés sexual en niños, cabe esperar que los participantes con interés pedófilo obtengan tiempos de respuesta menores en las condiciones que asocien conceptos sexuales e infantiles a un mismo botón. La asociación mental que existe previamente en estas personas facilitaría su ejecución de la tarea en esta condición, ya que su sistema cognitivo no se vería obligado a inhibir una respuesta dominante (asociar lo infantil con no sexual), como ocurriría en los controles. Es decir, que la diferencia entre la condición incongruente y la congruente sería positiva.

Distintos trabajos han contrastado empíricamente esta propuesta. Gray, Brown, McCulloch, Smith y Snowden (2005) evaluaron una muestra de 78 delincuentes encarcelados. Dieciocho de ellos habían cometido un abuso sexual a un menor, mientras que los 60 restantes cumplían condena por delitos violentos (incluida la agresión sexual). Los participantes tuvieron que completar un TAI en el que clasificaban dos series de palabras como sexuales o no sexuales y como infantiles o adultas. Los abusadores de menores tenían un mejor rendimiento en la fase en la que se asociaba en un mismo botón las categorías “sexual” e “infantil” con respecto a la condición opuesta. Los autores encontraron que las puntuaciones en el TAI producían un área bajo la curva (AUC) de .73, lo que implica que este instrumento era capaz de predecir la pertenencia a un grupo u a otro por encima del azar.

Nunes, Firestone y Baldwin (2007) estudiaron una muestra de 27 abusadores de menores y 29 delincuentes no sexuales. Elaboraron seis TAI para evaluar las cogniciones de los participantes sobre los menores y sobre ellos mismos en términos de “evaluación”, “poder” y “atractivo sexual”. Al contrario de lo esperado, no encontraron diferencias entre abusadores y controles en los TAI referidos a las cogniciones sobre ellos mismos. Sí encontraron una asociación positiva entre el desempeño en el TAI y las puntuaciones en un instrumento actuarial de valoración del riesgo de reincidencia (RRASOR). Brown, Gray y Snowden (2009) aplicaron el TAI a una muestra de 75 condenados por abuso de menores y a 49 delincuentes no sexuales. Dividieron el grupo de abuso de menores entre pedófilos (n = 45) y hebefílicos (n = 21) en base a la edad de sus víctimas (menos de doce años los primeros y entre doce y quince los segundos). Utilizaron dos TAI. En uno los participantes debían clasificar palabras como sexuales o no sexuales. En otro debían clasificar fotografías como adulto o menor. Encontraron que la asociación entre niños y sexo solamente se daba en los delincuentes pedófilos, y que además esto era independiente de si aceptaban o no su responsabilidad delictiva.

Steffens, Yundina y Panning (2008) estudiaron una muestra de delincuentes sexuales (n = 46) que incluía pedófilos y violadores sádicos. También incluyeron en su estudio un grupo control de 47 estudiantes universitarios. Aplicaron dos TAI. El primero evaluaba la asociación entre erotismo y menores o mujeres. El segundo estudiaba la asociación entre erotismo y armonía o humillación. La asociación entre menores y erotismo fue mayor para el grupo de pedófilos, especialmente en el caso de los que habían sido valorados como de alto riesgo por sus terapeutas. No encontró ninguna diferencia significativa para el TAI referente a erotismo y humillación.

Banse et al. (2010) evaluaron en una muestra de 38 abusadores de menores y 75 controles la asociación entre los conceptos “hombre”, “mujer” y “niño/a” y las categorías “sexualmente atractivo o no atractivo”. Aplicaron también otras técnicas de evaluación, como las basadas en el tiempo de atención. Esta técnica tuvo mejores resultados que el TAI tanto en lo referente a su capacidad de discriminación como a su fiabilidad y validez. Babchishin, Nunes y Hermann (2013) realizaron un meta-análisis sobre este tema. Analizaron muestras procedentes de 12 estudios que comparaban muestras de abusadores de menores con agresores sexuales, delincuentes no sexuales o controles comunitarios en TAI relativos al interés sexual en menores. La muestra total era de 707 participantes. Los TAI eran capaces de distinguir entre abusadores de menores y los grupos de comparación. Las autoras obtuvieron un tamaño del efecto moderado (d = 0.63) pero la heterogeneidad entre estudios era baja. Las diferencias más claras aparecían cuando los controles procedían de la comunidad (d = 0.96).

Existe un instrumento de evaluación del interés sexual hacia menores que combina varias de éstas técnicas, el Perfil Explícito e Implícito de Interés Sexual (Explicit and Implicit Sexual Interest profile, EISIP; Banse et al., 2010). Se trata de una batería de instrumentos multimétodo que incluye medidas directas e indirectas de preferencias de madurez sexual. El orden de aplicación de las tareas es tiempo de visualización, TAI y autoinforme. La medida directa del instrumento es un autoinforme de 40 ítems dicotómicos, el Cuestionario de Intereses Sexuales Explícitos, que incluye dos subescalas: conducta sexual y fantasías sexuales. Cada escala contiene cinco ítems que hacen referencia a cuatro posibles objetos de interés sexual (hombres, mujeres, chicos prepúberes o chicas prepúberes).

La primera medida indirecta es una tarea computerizada de tiempo de visualización que evalúa interés sexual hacia estímulos masculinos o femeninos (imágenes simuladas por ordenador) en distintos grados de madurez (tres grupos de prepúberes, adolescentes, y adultos). Los participantes deben valorar el grado de atractivo de cada estímulo en una escala tipo Likert. En total se presentan 80 imágenes. El sistema recoge el tiempo que el participante visualiza cada imagen.

Adicionalmente, el EISIP contiene tres TAI con las categorías objetivo hombre o mujer, chica o mujer y chico u hombre, y las categorías de atributo sexualmente excitante o no excitante. La primera fase de 40 ensayos implica categorizar diez palabras como sexualmente excitante o no excitante. En la segunda fase, diez de las imágenes que ya se utilizaron en la tarea de tiempo de visualización tienen que categorizarse como hombre o mujer, chica o mujer o chico u hombre. En la tercera fase se mezclan ambas tareas, que se irán alternando durante 80 ensayos. La cuarta fase de 40 ensayos es igual que la segunda, pero se invierte la asignación de los botones de respuesta. En la última fase se vuelven a combinar nuevamente las dos tareas en 80 ensayos alternativos, manteniendo la asignación de botones de la anterior fase.

El instrumento ofrece una puntuación para cada uno de los métodos que incluye y un índice total de preferencia sexual desviada.

Banse et al. (2010) estudiaron las garantías psicométricas de este instrumento en una muestra que incluía abusadores de menores (n = 38), delincuentes no sexuales (n = 37) y controles comunitarios (n = 38). Las medidas de tiempo de visualización obtuvieron índices de fiabilidad alfa entre .77 y .85 para las distintas categorías (hombres, mujeres, niños y niñas). Las tareas de tiempo de visualización no encontraron diferencias entre grupos para las imágenes de mujeres, aunque si para el resto de categorías. Subdividieron la muestra de abusadores entre aquellos con víctimas masculinas, femeninas y mixtas. Los abusadores de niños producían los mayores tiempos de respuesta ante imágenes de niños y hombres, aunque no alcanzaban significación estadística. Los abusadores de niñas presentaban la mayor latencia con imágenes de adultos (hombres o mujeres), indicando un interés primario en personas adultas.

Schmidt, Gykiere, Vanhoeck, Mann y Banse (2014) obtuvieron un índice alfa de fiabilidad para la tarea de tiempo de visualización de .90 a .95 en una muestra de 70 abusadores de menores. El EISIP se relacionaba positivamente con medidas del riesgo de reincidencia como SVR-20 y STATIC-99 y con otra medida de interés pedófilo, concretamente el SSPI. Igualmente, las puntuaciones en este instrumento han aportado evidencia favorable a la naturaleza taxonómica del interés sexual en menores, frente a su enfoque como un continuo en la población (Schmidt, Mokros y Banse, 2013).

Conclusiones

La evaluación objetiva del interés sexual hacia menores es relevante para la práctica clínica y la investigación empírica. Es habitual que los abusadores de menores y los usuarios de pornografía infantil nieguen tener interés sexual hacia los niños. Sin embargo, conocer las preferencias sexuales de los delincuentes sexuales y el papel que dichas preferencias ha tenido en su conducta delictiva es fundamental para el trabajo terapéutico. Además, medir adecuadamente el interés sexual desviado es importante para la evaluación del riesgo de reincidencia y la ulterior toma de decisiones judiciales y penitenciarias sobre los delincuentes.

La evaluación del interés sexual hacia menores ha derivado progresivamente hacia la búsqueda de metodologías que sean resistentes a la negación y a la manipulación.

Existe un número importante de autoinformes que abordan esta área de evaluación, que obtienen garantías psicométricas apropiadas, así como un cierto poder discriminativo. La investigación aconseja que se construyan instrumentos específicos para cada categoría delincuencial, por lo que los abusadores sexuales y los condenados por consumo de pornografía infantil deberían ser evaluados con autoinformes específicamente diseñados para ellos. Desafortunadamente, una gran parte de estos instrumentos no están traducidos al español y son escalas de investigación que no han sido sometidas a un proceso de estandarización adecuado, lo que limita su uso en el mundo forense aplicado.

Las técnicas falométricas miden el nivel de excitación sexual a través del análisis de las respuestas fisiológicas ante estímulos sexuales. A pesar de las evidentes dificultades metodológicas y psicométricas de estas técnicas, en algunos países son ampliamente utilizadas para el uso clínico, condicionando las valoraciones de los profesionales sobre la necesidad de tratamiento, la evolución terapéutica y el riesgo de reincidencia, entre otros. Es necesario, por tanto, que se diseñen protocolos de estandarización que tengan en cuenta las variables que pueden afectar a las medidas, como el tipo de estímulos utilizados, la manipulación consciente de la reacción fisiológica, los participantes con tasas bajas de respuesta o el tipo de codificación de las respuestas elegido.

Los resultados más prometedores parecen proceder de instrumentos multimétodo como el EISIP, que incorporan autoinformes y medidas basadas en la latencia. Con todo, hay que destacar que también estos instrumentos ofrecen limitaciones en su capacidad discriminativa, por lo que es necesaria mayor investigación. En especial es importante clarificar qué procesos cognitivos concretos son los que se están evaluando. La investigación neuropsicológica en pedofilia ha mostrado que existen déficits en la función ejecutiva (Schiffer y Vonlaufen, 2011) y en la velocidad de procesamiento (Suchy, Eastvold, Strassberg y Franchow, 2014) que podrían estar interfiriendo en el rendimiento en estas pruebas. Los profesionales españoles no disponen actualmente de ninguna batería de evaluación que aplique los TAI o el tiempo de visualización para la detección del interés sexual desviado. Consideramos que es una línea de trabajo prometedora que muy probablemente marcará la práctica forense con delincuentes sexuales durante los próximos años.

Conflicto de intereses

Los autores de este artículo declaran que no tienen ningún conflicto de intereses.

Referencias
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Autor para correspondencia: Centro Penitenciario de Cáceres. C/ Arroyo Valhondo, s/n. 10003 Cáceres. (Óscar Herrero psicoski@gmail.com)
Copyright © 2016. Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid
Anuario de Psicología Jurídica 26 (2016) 30-40 - Vol. 26 Núm.1 DOI: 10.1016/j.apj.2016.04.007